Sacando la mierda de la escuela

 
Hay frases clarificadoras, frases cuya sola elocución consigue revelar, con excepcional talento, aquello que requeriría horas (o tomos) de paciente explicación; frases que logran condensar, de modo sublime, una sensibilidad social que, por decoro o hipocresía, suele relegarse a la intimidad de la cocina familiar o, como en este caso, escapar furtiva cuando las vallas psíquica de contención son desbordadas por incontrolables estallidos emocionales. Frases investidas de clandestina magia (como “Fue la mano de Dios” o “Se le escapó la tortuga”). Frases memorables.


Martes pasado, cuatro de la tarde en la 207 de josecepáz. Nuestra presencia allí obedecía tanto al azar como a que —como es público y sabido— nos apersonamos a fin de realizar un cobro para la emprendimiento de reparto de agua mineral en bidones que, aprovechando el crecimiento económico, montamos con otro compañero de la Asamblea de Pensamiento Marxista (en Carta Abierta). Allí, mientras la Directora firmaba el Remito —con su rostro endurecido, sus ojos cerrados, su mano temblorosa y su rancio y dulzón aroma a naftalina— advino, fulminante, el estallido (parece, según contó después Nelly, la portera, esta situación se repite tarde a tarde por distintos desencadenantes. En este caso, dicen, se debió a una travesura de los chicos de quinto: habían desnudado a un compañerito, habíanlo atado con cables y habíanlo confinado al interior del piano… con la consecuente sorpresa que este hecho suscitó en la maestra de música cuando, a minutos de haber comenzado su clase con los de segundo y dispuesta a entonar la por todos reconocible Fuego en Animaná, vio aflorar de adentro del cordófono simple a ese Adán sin hojita ni manzana… y amarrado como un hereje antes de ser incinerado en la hoguera). Junto al estallido —acá llegamos a dónde queríamos llegar— la frase clarividente y rabiosa:

No puede ser… no aguanto más… Con el trabajo que nos costó sacar a toda la mierda de la escuela, con esta Asignación Universal por Hijo nos la vuelven a meter… ¡Así no se puede seguir!

Noten, camaradas, la atormentada sabiduría que encierra este, quizá desmedido, testimonio; noten cómo da cuenta —quién podría negarlo— de un estado psíquico alterado, perturbado, desbordado; de un odio irrefrenable condensando en un solo ser; un ser que, impotente, se quiere autoridad… pero se quiere autoridad cuando se ha agotado toda posibilidad de serlo, cuando ya no hay recetas, ni modelos, ni imágenes disponibles para construirse —seguimos con la frases— como quien lleva “la sartén por el mango” o como quien “corta el bacalao”, por no decir, como decía mi abuela, la española, quien “maneja el cotarro” (¿qué carajo será el “cotarro”?)

Estudiante en su cotidianidad hiper-estimulada
Pero ¿es sólo una imagen pretérita, una imagen de lo agotado, de lo ya-sin-vida? ¿O, por el contrario, es imagen exquisita de una subjetividad bien actual, bien real, bien presente; imagen nítida de una suerte de fascismo contemporáneo, de un racismo naturalizado e incorporado, como axioma, a la vida? ¿Y qué pasa cuando este racismo se asume como piso, como invariable; cuándo corremos, con cierto disimulo —como quien pega el chicle abajo la silla— nuestros límites de tolerancia?

Debemos, no obstante, destacar una segunda cuestión, un segundo significado de aquella frase. Queremos decir: esta expresión también da cuenta (léase esto como una autocrítica, si así se lo quieren) del nivel de congénita improvisación, de cómo la política (tal cuál entiende por ella el ciudadano cualquiera) parece sólo poder existir como gestión de la dermis social, de lo que hay de más superficial en los vínculos sociales; de cómo el gobierno y la soberanía devienen necesaria gobernabilidad (“gobernar segundo a segundo y centímetro a centímetro”, solía decirnos el compañero Néstor allá por 2003, cuando todo esto recién empezaba). Visto desde aquí, no nos hallamos sino ante una sentencia que ensaya exponer, con inquietante énfasis, las implicancias psíquico-subjetivas de un plan que exige como contrapartida la escolarización compulsiva, pero que no prevé generar las condiciones reales para su realización… a menos que sea menos importante la realización efectiva que la curiosa eficacia de su mera existencia. Una experimentación sin previo aviso. Un salto (empujado) sin red.
                      
Estudiante en un evidente momento de sub-estimulación
De este modo, la frase citada no hace más que evidenciar la tensión entre el sustrato neoliberal de las instituciones que quedaron en pié (una escuela que —de modo antagónico a sus propios fundamentos modernos— funciona expulsando, excluyendo, “sacándose la mierda de encima”) y la incorporación compulsiva a la nada, a un vacío sabido y asumido, pero que existe como modo de señalar dónde está la capacidad de reglar, de inventar las reglas del juego. Una frase que, en este marco, no puede sino poner de relieve la fragilidad subjetiva (de la Directora, de todos nosotros), tanto como la fragilidad del proceso de transformación de nuestro gobierno popular.

Con todo, focalicemos en lo que hay de estructural en todo esto, puntualicemos en el racismo como rasgo contemporáneo de lo más arcaico que queda en nosotros, de lo más primitivo, de los más primario (cuando “primario” se vuelve sinónimo de no racionalidad, de estado de naturaleza animal, cavernícola); y en la gobernabilidad como el rasgo más actual, más novedoso, de la gestión de la vida, del mundo. ¿Es posible neutralizar el racismo? ¿Es posible el propio control de la vida?

Quién sabe…
Horacio Tintorelli (in Open Letter)
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