¿Cuánto soportamos por la puta guita?

Sobre el garrón laboral y el currículum oculto


Partimos de una certeza: ir a trabajar es un garrón. Pero, ¿qué es trabajar en las sociedades actuales? Digamos que si no pensamos nosotros estos malestares laborales, entonces lo hacen las empresas y las publicidades.

En la actualidad el trabajo no es “el ordenador social” principal de nuestra vida y de nuestro tiempo. El trabajo no nos otorga una identidad social relevante. No somos metalúrgicos, mecánicos, choferes… Está claro que no es el medio para acceder al reconocimiento social. Hoy en día se reconocen otros signos (como los del consumo: las llantas caras, el próximo-nuevo celular, el auto de las publicidades.). El sacrificio del “gil trabajador” ya no encandila, sino las habilidades del que “la hizo bien”.


Si lo principal es entonces la puta guita, se desfonda la idea de trabajo: vamos detrás del ingreso económico. Queremos la puta guita, pero no trabajar. De nuevo: trabajar es un garrón.

Pero, ¿qué hacemos en ese tiempo laboral?, ¿qué saberes sacamos del fondo de los bolsillos? ¿Cuándo aguantamos, cuándo soportamos, cuándo muleamos? ¿Qué hacemos con ese (¿inevitable?) garrón?


Los trabajos pueden volverse verdaderos campos de batalla en donde aparecen los diferentes fondos de pantalla sociales: el desierto (la lógica de la indiferencia), la selva (el canibalismo del “empleado del mes”, el individualismo, la autogestión), la exigencia al mango (como las publicidades de energizantes o los remedios que convocan nuestra fuerza vital para “rendir más”). Pero también en el trabajo se crean trincheras donde nos encontramos con otros (donde se dan escapes, huidas, que a veces se vuelven verdaderas fugas).

En los trabajos podemos mulear o soportar (estos momentos siempre son individuales). También podemos aguantar (creando nuevos espacios y tiempos, siempre requiriendo del otro). En los laburos podemos ser indiferentes con la situación de los otros, con el malestar de nuestros compañeros de laburo y con nuestro propio malestar. Pero también podemos ser indiferentes en versión activa: podemos desoír a la autoridad y a los mandatos sociales publicitarios.

El currículum oculto

Pensemos en la “oferta” de trabajos disponibles para los pibes y pibas. Y en los “requisitos” que nos ponen como condición para trabajar. ¿Qué saber necesitan de nosotros? ¿Qué información útil y necesaria portamos en nuestros cuerpos para el mercado o para el estado? Hay muchos datos que completar en un currículum vitae, pero ¿qué hay del “currículum oculto”?

Hay algo implícito y hasta obvio que requieren de nosotros y que no aparece como condición visible en el currículum.  Hay un currículum oculto del pibe y la piba: se trata de sus formas de vida, de las subjetividades, los saberes y la información que portamos para habitar y movernos en los territorios actuales.

Hay cosas que se requieren de nosotros y que no aparecen en la entrevista laboral: por ejemplo, el conocimiento de la calle en el caso de los motoqueros o los cadetes.

El aguante como saber y estrategia generacional, la creatividad, lo anímico, la disposición de todo nuestro cerebro y cuerpo para el trabajo. Un arma de doble filo para nuestros empleadores...

Cadeteando

Para cadetear la calle en moto, en bici, o a pata hay que bancarse miles de quilombos e imprevistos. Por eso las empresas requieren de tipos curtidos. Buscan tipos que la aguanten, que aprovechen todo su saber y experiencia callejera para desplazarse por la ciudad. Si hay que hacer cincuenta trámites en cinco horas, entonces... a desplegar estrategias. Ahí surge la solidaridad y la red. Vos bancas en una de las filas, mientras el otro te está bancando en aquella a vos. Pegás onda con las cajeras y cajeros, para ser más eficaz. Vas a mil por las calles. Y ante cualquier quilombo saltamos todos. Sabemos quiénes están en tal esquina y quiénes en la otra. Todo esto forma parte del currículum oculto. A todo eso se lo valora y se lo pone a trabajar. Todo eso es lo que termina volviendo difusos los límites entre trabajo y no-trabajo.
 Y entonces las preguntas nos apuran: ¿cuándo aguantamos, cuándo nos solidarizamos con el otro? ¿Cuándo nos volvemos creativos para nuestro propio beneficio y el de los amigos y cuándo para que nos sigan muleando y exprimiendo? ¿En qué punto le estamos regalando todo nuestro saber y experiencia al empleador? ¿O es eso lo que “vendemos” como fuerza de trabajo? ¿O esos gestos son grietas en el mundo laboral, escapes del tiempo-garrón que es el trabajo?

Siempre está el peligro de que seamos nosotros mismos los que nos exprimimos, convirtiéndonos en auto-empresas que gestionan cada vez más trámites para hacer unos pesitos extras, por ejemplo. ¿Cuánto valen las caídas, choques y muertes, por estar recorriendo la ciudad a las chapas? ¿Cuándo nos ponemos como combustibles de esta sociedad precaria y cuándo estamos creando zonas de libertad?

¿Cuándo le robamos “algo más” que la puta guita al laburo? ¿Cómo robarle espacios habitables a las horas laborales? ¿Cómo alargar los tiempos propios? Cuando los trabajos actuales son puros medios para obtener la puta guita, en ese “algo más” se juega todo. Algo más que el ingreso económico, algo intangible: los deseos, los anhelos. Ese “algo más” es la apuesta. Es el pasaje por los espacios laborales esquivando las muleadas o el mero “soportar”, para ir tejiendo libertades...
Colectivo Juguetes Perdidos
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