Rezos laicos


Luego de que un querido amigo me indicase, fastidiado, que ya no presta atención a los diarios, que se leen en 5 minutos, que por eso una fugaz mirada por Internet alcanza, que el rezo de los laicos del que hablaba Hegel -última  ilusión de una práctica coordinada que nos hace parte de una misma comunidad política- se había perdido, decidí volver a prestar atención al asunto comprando excepcionalmente La Nación, así como el habitual Página 12 para leerlos con atención, sobre tinta y papel y, sorpresa de las sorpresas, encontré varios párrafos que creo de interés.

Enfoques
Comencemos por el más ajeno diario La Nación, enfrentado al gobierno nacional por la política de Derechos Humanos, por la Ley de medios y ahora, también, por la querella de Papel prensa. Como mi amigo me indica, no vale la pena detenerse en los columnistas y editoriales que, efectivamente, no indican nada que no sea presumible, aburrido y canalla. Pero a cambio de esto, el suplemento Enfoques, que dedica sus páginas centrales a una nueva e insulsa denuncia del setentismo (1) -en la pluma de Sarlo, Larraqui, etc- publica una entrevista a Enrique Iglesias, ex titular del BID, del periodista Ricardo Carnepa con momentos iluminadores. Reproduzco un fragmento, para mi revelador, del pensamiento de las derechas más explicitas:
-Hay varios analistas y dirigentes que le endilgan una ideología neoliberal. ¿Es así?
-Habría que ponerse a pensar qué se entiende por neoliberal. Si ser neoliberal es creer que el mercado tiene una función importante que cumplir, diría que sí. Si es creer que las fuerzas productivas se estimulan con un mercado eficiente, diría que sí. Ahora, si es creer que no tenemos que tener Estado, diría que no. Tenemos que tener mercado, pero tenemos que tener Estado. Y si algo demostró la crisis de los últimos tres años es que el mercado, solo, puede cometer grandes errores y meternos en grandes líos. Por tanto, tenemos que tener un Estado atento, que de alguna manera regule el mercado, se convierta en un habilitador de la sociedad y también sea compensador de los sectores más desfavorecidos. ¿A todo esto, en su conjunto, usted lo quiere llamar neoliberal, neointervencionista? No sé. En este momento, estas categorías son un tanto imprecisas y tienden a confundir más que a aclarar”.
No creo que valga la pena desarrollar ahora los argumentos que podríamos extraer de estas notas, salvo retener la equivalencia entre neoliberalismo de post crisis y neointervencionismo estatal. Resulta evidente, hoy, que el problema político ya no puede plantearse, entonces, como ecuación sencilla (del tipo más estado igual progresismo, menos estado igual neoliberalismo), sino de arriesgas una discusión mucho más compleja sobre qué fundamentos y qué naturalezas caracterizan al estado actual y cómo funcionan sus “intervenciones” de conjunto, así como de abrir un examen sobre el tipo de instituciones concretas que se forjan bajo ese –u otros–  nombre.
El  mismo suplemento dedica su contratapa a informar de la salida del libro “En busca del respeto”, del antropólogo Philippe Bourgois, quien se metió a vivir, allá por los años ’80, en un barrio de New York habitado por portorriqueño y dominado por el Crack. De Bourgois se afirma allí que:
De esos años allí -donde vivió con su mujer y nació su hijo- salió con, al menos, dos convicciones. Una, que la venta de drogas organizada, con sus códigos y las habilidades personales que demanda, es "la única fuente de empleo accesible para la gente del barrio". Otra, que, a pesar de eso, “la intención de integrarse en el mundo legal no se abandona nunca”. Desde afuera del sistema, los portorriqueños emigrados reproducían en la "cultura de la calle" el modelo norteamericano inaccesible, basado en el esfuerzo individual y la acumulación de dinero. "No son ´otros exóticos´ habitantes de un mundo irracional aparte, sino productos made in USA ", dice Bourgois”.
Podemos retener al menos una noción fundamental: las prácticas neoliberales penetraron en buena parte de las comunidades urbanas, promoviendo un tipo nuevo de relación con las reglas, con la legalidad. El desdibujamiento de las legalidades (que involucra lo que se ha dado en llamar una “crisis de la ciudadanía”) responde a situaciones muy concretas y comprensibles, y no corresponde plantearlo como un fenómeno de “ignorancia” popular o a desvíos que se puedan corregir con clases de ciudadanía universal. En otras palabras: que es absolutamente ingenuo plantear la restitución de la vieja ciudadanía (y sus instituciones) con independencia de las alteraciones de base de estas subjetividades.
Página
Con estas modestas enseñanzas a cuestas abrimos nuestro diario de cabecera de cuya lectura también rescatamos algunos párrafos sugerentes, procediendo con el mismo método de eludir querellas y caudal de información que no tenga la potencia de signo que lleva a aprender alguno nuevo. 
Me detengo entonces, en primer lugar –y a modo de homenaje a quien seguramente sea el periodista que más influyó en el modo de leer noticias de toda una generación- en la nota de Horacio Verbistsky: Piedra papel y tijera, un análisis de la coyuntura semanal sobredeterminada por el informe presentado por la presidenta sobre la empresa Papel prensa. Retengo sobre todo tres párrafos:
Pese a la dificultad de un análisis propio que eluda ese exacerbado antagonismo, es inocultable que los grupos económicos que estuvieron entre los grandes apoyos de Kirchner son hoy los mayores adversarios de CFK. Pero esta constatación desmiente el relato machacado a derecha e izquierda sobre el ex mandatario como única autoridad verdadera.
No hace falta ser experto decodificador para comprender el valor de estos enunciados: la línea de oposición a los grandes grupos económicos que hoy enfrentan al gobierno encuentra mejor expresión en quien aprendió a enfrentarlos, es decir, la propia Cristina Kirchner, que en el ex presidente Néstor, quien, a pesar del gesto de ordenar retirar la foto de Videla, ha gobernado en acuerdo y no en lucha con ellos (grupo Clarín incluido).
CFK ha continuado la reconstrucción de la autoridad presidencial y la primacía de la política sobre los poderes fácticos que Kirchner inició en 2003, cuando el descrédito del sistema representativo democrático había llegado a un punto intolerable. Pero además le agregó una dosis de institucionalidad que faltó cuando sólo había urgencias, algo que tampoco es fácil de apreciar a través del lente manchado con tinta de imprenta que enturbia las percepciones de la opinión pública”.
Efectivamente, el año 2003 es la clave que permite comprender la reacción de los políticos y, en general, de una buena parte de los grupos (también los de poder concentrado) que apoyaron al primer gobierno kirchnerista en su tentativa de construir bases alternativas para la legitimidad política perdida en las calles durante la crisis del 2001. Es este “punto intolerable” el que marca el umbral a partir del cual un sector de los políticos profesionales declara la necesidad de una renovación de las prácticas con independencia de lo obrado hasta entonces para constituir nuevos apoyos. Este núcleo de la sorpresa k -sobre la cual gira la polémica política desde hace años- explica tanto el consenso del primer gobierno kirchnerista, como las disputas abierta durante el segundo. Al respecto resulta tan relevante la dinámica misma de la disputa, como ambigua es esa “dosis de institucionalidad” a la que refiere HV. El “retorno de la política” al que el autor refiere implica una nueva impronta confrontativa con ciertos poderes antidemocráticos y antipopulares que abren cauces potenciales a nuevas luchas democráticas, y al mismo tiempo (y esto es lo difícil de asumir) exhibe su rostro peligros cuando se utiliza el prestigio que otorga retomar estas luchas anteriores en el nivel estatal para marginar desde allí a sectores populares que no adhieren al tipo de proposición institucionalidad  liberal-depurada a que, según muchos, tiende.
La oposición debe elegir entre representar el interés público, acompañando la iniciativa del Poder Ejecutivo al que aspira a suceder, o afirmarse en su intransigencia pero asociada a los intereses particulares más poderosos. No es una disyuntiva fácil”.
Efectivamente, la llamada oposición parlamentaria, y de un modo muy particular las articulaciones del llamado centroizquierda (sea de Sabatella/Yaski que conceden a la iniciativa oficial, sea la de Solanas/De Genaro que se oponen), que aspiran a profundizar/reorientar el proceso político sobre el mismo plano de eficacia en que opera el gobierno se han visto superadas continuamente por la magnitud de la tentativa de renovación de la política de los k. Lo que no resulta tan evidente es que estos dilemas deban neutralizar una extensa trama de protagonismo social que no tiene por qué aceptar el dilema entre ceder la iniciativa acríticamente al proyecto de renovación kirchnerista o bien quedar subordinada a sus verdugos directos que se aprestan a boicotear tal tentativa.
Todo esto puede discutirse mucho mejor si se lee detenidamente la entrevista al intelectual que con más tenacidad se liga a la política del gobierno, Ernesto Laclau, entrevistado por Federico Poore.
Laclau afirma la situación actual de Latinoamérica, al menos desde la cumbre de Mar del plata y el rechazo al Alca como “la etapa final de la quiebra de la dominación norteamericana”, lo cual abre nuevos espacios regionales a nivel global, y permite dar sumo valor a iniciativas como Mercosur y Banco del Sur. Habla también con insatisfacción sobre la incomprensión de la socialdemocracia europea respecto del kirchnerismo y el chavismo, y distingue la situación de Venezuela de la de Argentina por cuanto esta última “cuenta con una sociedad civil mucho más organizada, donde el estado tienen que negociar con elementos de diferente índole”.
Laclau, dice la nota, “está cansado. Su última semana en San Juan estuvo repartida entre conferencias, reconocimientos y cenas en su honor bien lejos de Londres, donde vive”. Lo cierto es que acaba de organizar un Congreso de Ciencia Política en esa provincia vanguardia en minería a cielo abierto, en donde fue condecorado con palabras de Néstor Kirchner en nombre de la Presidenta. No hay más que entrar en Internet (24 de agosto de 2010) para ver las repercusiones de tal evento para comprender los alcances de este acto en el que el filósofo pronunció las siguientes palabras: “Gioja sigue los ejes del peronismo, sigue los ejes de la redistribución”. Transcribo algunos pocos tramos del diálogo que publica hoy Página:
 “–Usted sostuvo que el modelo económico argentino “rompía con el neoliberalismo de los noventa”. ¿Dónde observa estas rupturas?
–En primer lugar, si no hubiese estado este gobierno, con su capacidad de resistencia a los dictados del FMI, estaríamos en pleno ajuste”.
Como sucede con Verbitsky, la indicación de este tipo verdades indiscutibles no posee las consecuencias unívocas que los declarantes pretenden. Basta recordar cómo finalizó el gobierno transitorio de Duhalde (2002/2003) para comprender la fuerza condicionante de los movimientos sociales la fórmula hasta entonces dominante de ajuste y represión. El gobierno actual tiene el enorme mérito de prolongar a su modo, en el nivel institucional, una prohibición de ajuste económico y represión al conflicto político que viene impuesto desde abajo. Esta indicación no es ociosa cuando se trata de ampliar la mirada y considerar el proceso regional incluyendo las dinámicas sociales como variable principal, anterior e incluso ahora simultánea respecto de la zaga de gobiernos de centroizquierda.
“–¿A qué se refiere al plantear que el kirchnerismo es un significante abierto?
Es un significante abierto en el sentido de que todo lo que empezó a surgir en el 2003 recién comienza a tomar una cierta imagen. En el 2003 era poca cosa: Kirchner salió elegido candidato por uno de esos movimientos internos casi incomprensibles del peronismo y empezó a fijarse en el imaginario colectivo con una cierta idea de unidad o de acuerdo, dado que tiene que representar un arco bastante amplio de fuerzas. Afortunadamente, su núcleo político es lo suficientemente razonado como para no hacer la ingenuidad de lanzarse a conducir un partido exclusivamente ideológico. La incorporación de las distintas fuerzas que se unieron bajo la denominación de “kirchnerismo” es la misma política que ha hecho Lula en Brasil. El Partido de los Trabajadores es ideológicamente muy limitado, pero cuando llegó al Gobierno tuvo que generar una política basada en la transversalidad con grupos de centroizquierda. Las alianzas son otras, y no necesariamente tienen que competir entre ellas. Además, tienen una excelente presidenta del Banco Central, que esperemos que pueda seguir, y un papel político perfectamente claro”.
Nunca tan claro el uso de “significante abierto” o “vacío”, tomados de la teoría de Laclua. Al remitirlos a un proceso de articulación que comienza en el 2003 puede atribuir el corazón del proceso actual a la suerte del “kirchnerismo” realzando los rasgos de este movimiento político y desplazando otros momentos de verdad del largo proceso de las resistencias al neoliberalismo que han resultado decisivas para dar por cerrado un ciclo, al menos de modo parcial. El planteo de Laclau permite aclarar la paradoja que planteaba más arriba Verbistsky: además de apoyar (“ceder protagonismo” al gobierno, lo que hace buena parte del mundo k) u oponerse (subordinándose  a las corporaciones, lo que hace buena parte de la llamada “oposición”) no cabría otra cosa que hacer. Cabría discutir, sin embargo, el modo en que las resistencias quedan articuladas a ciertos sectores de poder, y a cierto estilo del gobierno que la hegemonía kirchnerista promueve, promoviendo la necesidad de nuevos replanteos. Según esto, para el mundo K es vital leer el 2001 desde el 2003, mientras que para mantener la posibilidad de un replanteo del proceso abierto en el 2001 siempre será posible invertir el uso del calendario.
Pero me parece que el tramo decisivo, en este punto, es el siguiente:
“–¿Por qué dice que la división entre Estado y sociedad civil se está borrando?
–Porque hubo una politización de una cantidad de sectores de la sociedad civil. Hace cuarenta años, si uno pensaba cuáles sectores de la sociedad estaban politizados, tenía que decir: los sindicatos. Pero hoy, junto con los sindicatos hay otro tipo de organizaciones. Después de 2001 empezaron las fábricas recuperadas, los piqueteros, movilizaciones en la sociedad que necesariamente conducen a la ampliación del espectro democrático. Estas organizaciones son cuasiestatales: participan activamente de la esfera política, varían en el tiempo y empujan cada vez más límites. El kirchnerismo se ha favorecido por el desarrollo de esos movimientos”.
Este parece ser el aspecto central del razonamiento (suyo y nuestro), que con todo lo anterior componen una cierta coherencia: una nueva politización que exige nuevos modos de pensar, representar, y concebir la misma organización colectiva. Una extensión tal de estos nuevos modos del hacer que hace ruinosa toda vocación representativa. Una cuasiestatalidad que vuelve anacrónica la idea de un estado clásico que ignore esta nueva materia institucional que son los movimientos que Laclau describe. Es decir que en muchos aspectos Laclau destaca como nadie este punto de partida del que el kirchnerismo se ha beneficiado. Laclua destaca también una dinámica que podríamos llamar de desborde, de tendencia al límite, ensayando una “cuasiestatalidad” de “movimientos”. La pregunta que nos distancia, sin embargo, consiste en tomar esta dinámica de desborde como algo radicalmente diferente de una operación de renovación de la política tratando de reabrir, en estos movimientos, una capacidad de replantear las posibilidades colectivas de manera directa y no meramente de defender y publicitar las líneas de gobierno.
DS, 29 de agosto de 2010

(1) No es que la discusión sobre el tipo de vigencia que tiene hoy la discusión sobre los años setentas sea insulsa en sí. Al contrario, creo que esos años siguen pesando sobre la conciencia de los vivos de modo decisivo y que sólo un nuevo tipo de relación con ese pasado nos podría sacar de tanta “pseudo-redención” benjaminiana al uso de cada quien, en pos de romper las dinámicas mas reactivas del impasse actual de lo político-emancipador.

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