Lobo comunero, Lobo comunacho


Lobo suelto no habla de política, no sabe hacerlo. Pero tiene debilidad por las experiencias politizantes, por los momentos en los que del cruce de cuerpos y  palabras surgen, allí donde nadie se lo imagina, nuevos modos de vida en común. Lobo va con el hocico al ras del suelo, buceando en las superficies: es ahí donde encuentra vida, movimiento, calor. A Lobo lo cautivan los encuentros, las confluencias, los momentos de hibridación: cuando se tropieza aquello con lo distinto, lo uno con lo otro: cuando se evidencia la multiplicidad como condición de lo posible. Inquieto, suelto en la metrópolis (entre la calle y la red, entre la imagen y la idea, entre la palabra y la sospecha, entre la ironía y la perplejidad), Lobo husmea, explora, indaga. Y encuentra momentos que valen la pena fotografiar con palabras.

Miércoles. 18:30 hs. Escuela del barrio de Flores, Buenos Aires, Argentina (Lobo For Export). Reunión de vecinos convocados por el tema de las Comunas (Comunas remite al nuevo modo en que la Ley de Comunas propone organizar administrativa y políticamente la Ciudad de Buenos Aires que —luego de reiteradas dilaciones— va a entrar en vigencia a mediados del año que viene. Podría decirse que, al menos en teoría, este modo de organización democratiza la política, abre alguna rendija más a la participación ciudadana, habilita una experimentación concreta de poder local —con todo lo vago del término—. Una concesión mínima, digamos, del Estado a tod@s nosotr@s). Retomemos: reunión de vecinos del mencionado barrio por el tema de las Comunas con la Comisión de Descentralización y Participación Ciudadana de la legislatura porteña (expresada en la presencia de su Presidente, Rafael Gentilli —hombre de Lozano— y de su Vicepresidenta, María Raquel Herrero —mujer de Mauricio—). Lobo animal, pero no tonto: no se ilusiona ni un poquito. No espera encontrar refugio de doctos, sabios y suicidas. Ni grandes niveles de organización. Ni discusiones fluidas. Lobo no  posee intimidad, sino sensibilidad. Y algo de intuición.


Ciento cincuenta personas (o tal vez doscientas como indicó un orador algo excedido de entusiasmo). Laga fila de sillas en torno a los legisladores. Los más viejos y entendidos en este tipo de dinámicas (cuyo promedio de edad rondaba en los 75 años) posaban sus cuerpos (cansados) en estas sillas. Se los veía cómodos, acostumbrados. El resto boyaba alrededor de la “U” que dibujaban los pre-comuneros y los legisladores (además de quienes cumplían las siempre necesarias tareas burocráticas: otorgar el uso de la palabra, elaborar la lista de oradores, tomar registro de los dichos —registro, relévese el detalle, hecho con notebook… ¿murió la estenografía o esas máquinas tienen teclado con chirimbolitos?). Había algunos jóvenes. Pocos. Lo muy menos. Lobo se da cuenta (casi de inmediato) que allí domina una suerte de gerontocracia: son lo mayores (los muy mayores) los que efectiviza el uso de la  palabra, los que definen el espacio, los tonos y los temas). Un concurrente al oído (siempre hay alguien que en estas circunstancias te habla al oído) conjeturaba que el 75% del uso de la palabra fue para los mayores de 70 años; el 20% para los que tenían entre 70 y 40 años y el 5% restante para los cuatro menores de 40 (¡De 40!) que oraron.

Paradójicamente, piensa Lobo, había jóvenes, pero todos bordeaban el encuentro, conectaban desde un lugar lateral y más o menos arbitrario: pibes bolivianos que, festivos, grababan entrevistas para un programa de radio; otros, muy jóvenes, reunidos a un costado, organizaban la edición de una pasquín de cultura marginal; y otros, finalmente, de centros de estudiantes de colegios tomados del barrio, aprovecharon la reunión para informar sobre la situación y cascotear, de paso y con ímpetu adolescente, a la maltratada Señora Herrero… a todos ellos, en definitiva, las comunas parecían importarles un huevo.

Rafael Gentili, el legislador (o diputado de la ciudad) que es presidente de la mencionada comisión, es “joven” (¿cuarentayalguito?), serio, sólido, amable… demasiado prolijo para que su política sea interesante. Es de Proyecto Sur (Solanas-Lozano) y no es difícil imaginarle una trayectoria intelectual-progresista comenzada en el PI (Partido Intransigente, toda una institución en la década del ’80 de clase media progresista urbana), seguida en el Frente Grande —esperemos que haya evitado la Alianza y el ibarrismo— hasta derivar en PS. Parece un opositor constructivo. Del gobierno y del macrismo. Le es ajeno todo discurso de barricada y toda chicana. No aprovechó esa noche, por ejemplo, ni una de las mil oportunidades que se le presentaron para distanciarse y maltratar (aunque se un poco) a la bastante maltratada compañera del PRO. Lobo lo escucha con paciencia. Siente que podría haber algún nivel de encuentro, pero también mucha distancia.

María Raquel Herrero, también legisladora, pero en esta caso del PRO, tiene voz de tanguera y actitud de puntera. No cae simpática (ni a Lobo ni al estómago promedio medio progre/K que domina el ambiente). No es prolija ni sólida (más bien contesta a todo que no sabe, que no le compete, que va a averiguar y que, si bien falta, la gestión macrista hizo mucho en la Ciudad). Los vecinos hacen filas para gritarle, para hablarle con indignación, o con ironía, o con desprecio. Se la banca bastante bien, hay que decirlo —hay que jugar de 9 visitante en el Maracaná… te cagan a patadas los negros—.

Sobre el final (cuando restaba una última media hora de pura dispersión) advino María José Lubertino, también legisladora, en este caso por el kirchnerismo. Sus aires de star, su ropa de excéntricos violetas, sus poses y ademanes exigidos, sus sonrisas, su discurso impostado, sus fotógrafos personales-tarjeteros —repartían tarjetas de Lubertino (¿?)— y su guardaespaldas contrasta con la escena hasta allí armada (“Es increíble, pero hace los mismo en todas las reuniones de Comunas —confiesa el compañero de la legislatura que se encarga de organizar estas convocatorias—: llega un rato antes de que todo termine y con su glamour algo grotesco atrapa las miradas). Intenta ser políticamente correcta todo el tiempo y acaba siendo desagradable. Está medio chiflada, piensa Lobo. Hace el esfuerzo por evitarlo, pero le cae peor que la vieja puntera. Le parece más berreta: una suerte de Susana Giménez del campo popular.

Rewind: antes del desborde-Lubertino (una frutilla sobre una tortilla a la española), la reunión en sí. Y de la reunión en sí —piensa Lobo— nada. O no mucho. La Comuna estaba presente como telón de fondo, como escenografía, pero nunca (o casi nunca) se entró en el tema, nunca se armó un diálogo (aunque fuera desordenado o ríspido) con el tópico convocante como centro de la trama. En su lugar, las mil formas de putear (merecida, justa y alegremente) al PRO, a la puntera del PRO. Y las mil formas de encontrar los mil modos de rodear sin tocar el motivo del convite. Los tonos (una obsesión de Lobo) eran predominantemente ásperos (sobre todo, en muchas intervenciones de "vecinos"), aunque por momentos se volvían plomizos, monótonos (el tono de Gentilli —serio, sólido, pero aburrido como bailar con tu hermana— y de algún mayor que la hacía larga y difícil). En otros momentos, los tonos se volvían los propios de quien se defiende (claramente, la compañera procista) y, en otros, los propios de quien gusta de lo descabellado. Siembre, en toda reunión, en todo grupo, en todo edificio, en toda familia, hay algun piantado. En nuestro caso, el compañero Biderman, un fóbico extremos a la prostitución, recordado, entre otras proezas, por ponerse con un megáfono, a los gritos, frente a las cámaras de TV a decir: “Ahí hay un Fiat Uno negro, patente GHT 759, que está consumiendo prostitución en la vía pública; allá hay otro, un Corsa azul…" y demás cosas por el estilo).

Amigos en distinto grado de Lobo pululaban por el lugar. (Lobo es amigo de gente que no conoce, pero que su infalible olfato le permite, en segundos, estrechar una amistad anónima). Decían poco. Cruzaban miradas. Se preguntaban qué era exactamente lo que estaba pasando. ¿Cuáles eran los objetivos de cada quién? ¿Alguien se fue de allí con la sensación de objetivo cumplido? No es claro. ¿O la cosa funcionó y fue Lobo el que se fue con el gusto amargo en sus pezuñas? ¿O fue un boicot del que Lobo tuvo el papel de testigo ingenuo, pero necesario? ¿O fue un fracaso colectivo, uno más en los tanto a los que los deseos de vida colectiva nos tiene acostumbrados?

La noche se cierra. Lobo, sigiloso, acomete los tejados. Entre medianera y medianera, piensa que todo no fue más que una puesta en escena bastante decadente, cuyos actores —casi todos conocidos entre sí— hace años que boyan en los márgenes de lo márgenes de la política vaya uno a saber a la búsqueda de qué (¿un hueso?, ¿un amor perdido?, ¿una intensidad que les está vedada?). Una suerte de asamblea desvaída de la que, casi con certeza, nada muy bueno puede nacer. ¿Es éste el suelo sobre el que construir las comunascomo modo de facilitar la participación de la ciudadanía en el proceso de toma de decisiones y en el control de los asuntos públicos”? ¿Es con este material  que hay que “promover el desarrollo de mecanismos de democracia directa”? 

Quizá nos encaminemos al suicidio social, lamenta Lobo. ¿No será mejor formar un partido de cuadros?
LOBO
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