Judíos de la DAIA

por León Rozitchner


Que el Episcopado promueva la censura, en este caso contra León Ferrari, es un pecado diminuto dentro de la historia de la Iglesia. Pero que la DAIA, representante de las instituciones judías argentinas, salga a pedirle disculpas por una acusación que el mismo León Ferrari hizo al denunciarla como antisemita es, como se dice, algo que no tiene nombre. Y sí, lo tiene: lleva el nombre de la DAIA.

Entonces sus dirigentes, con la estrella de David entre las piernas, corrieron presurosos a la Curia: obsecuentes hasta la náusea, se presentan espontáneamente para pedirle disculpas a la Iglesia: nosotros, que representamos a los judíos, no dijimos eso, Dios nos libre y guarde. Resulta que un incrédulo osó calificar a la Iglesia de antisemita y entonces ellos, precisamente porque son judíos y sobrevivieron, pueden testimoniar que esa evidencia es falsa. Y no utilizan el lenguaje de la Biblia hebrea sino la jerga de la economía neoliberal para confesar que la Iglesia, con ayuda de las entidades judías, está “reduciendo los bolsones de prejuicios” antisemitas, como si se dijera que Caritas “reduce los bolsones de pobreza”. Aparte de ser mentira en ambos casos, nos introduce de lleno en el dilema que enfrenta la mayoría de judíos en el mundo: denunciar el origen de una tragedia bimilenaria que amenaza destruir la humanidad, o inscribirse en el triunfalismo del imperio occidental y cristiano. Borrón y cuenta nueva elige la DAIA.

Entonces recordemos. El antijudaísmo histórico, y el posterior antisemitismo, apareció en el mundo sólo con el cristianismo: es la flor más negra del fúnebre amor cristiano que los judíos conocen. Antes del cristianismo no existía el odio al judío por el hecho de serlo, ni su caritativa propuesta de persecución y exterminio, que fue creada y suscitada únicamente con la expansión de la religión cristiana.

Digamos que el cristianismo emerge luego de la destrucción a sangre y fuego de la resistencia popular judía por las legiones romanas de Tito (siglo I), y la consecuente diáspora para los judíos despojados de una tierra milenaria que compartían –conquistaban o eran conquistados– con otras tribus y otras culturas semitas. El cristianismo aparece con su vocación imperial, católica (universal) desde San Pablo, y se convierte en religión de Estado con el Imperio Romano, que se consolida, se transforma y se sobrevive como Imperio Cristiano. Y, como estamos viendo, el cristianismo culmina en el último siglo como condómine del Imperio Europa-EE.UU. hasta nuestros días, señoreando y aureolando con su Espíritu el dominio tenebroso del Capital en el mundo. La Cruz acompañó siempre a la Espada y al Dinero en la expansión de su mercado: mercado para el capital y mercado para las almas.

El cristianismo, al acusar a los judíos de deicidas, de ser ni más ni menos que asesinos de su Dios, introdujeron en el mundo una acusación inédita y monstruosa por su alcance: justicieros de la fe, validan el crimen vengador que absuelve y dignifica al asesino en el mismo acto en que lo comete contra el judío. Esa acusación está presente en la figura misma del crucificado: cuando un cristiano mira la imagen deificada de Cristo ve aparecer detrás de su figura –se lo enseñó la Iglesia– el fantasma culpable del judío. (¿Qué halo bondadoso de amor contenido, señores de la DAIA, vieron ustedes brillar en los ojos del cardenal Bergoglio cuando los miró llegar a la Curia?) Y es esa historia milenaria de la culpabilidad judía la que culmina en la Shoá alemana, es decir en la masacre y el genocidio más monstruoso organizado por la racionalidad científica de occidente cristiano luego de la prédica milenaria y el apoyo cómplice de la Iglesia, cuya solución final en Europa hubiera sido inimaginable sin ella. Lo han escrito teólogos católicos.

Pero ustedes, herederos de un judaísmo trágico y administradores de una comunidad judía, ¿cómo han hecho para enmudecer esa certidumbre irrefutable y venir en apoyo de una Iglesia culpable que –para no ir más lejos– solicitó entre nosotros mismos “la depuración por la sangre” que produjo 30.000 desaparecidos, muchos de ellos judíos argentinos? En nombre de un futuro ilusorio niegan la terrible realidad del pasado y del presente. Ustedes, descendientes de esclavos liberados de Egipto, como argentinos y latinoamericanos llevan también la herencia, aunque se desentiendan de ella, de las luchas de los pueblos americanos que fueron aniquilados, destruidos sus dioses, sus culturas y sus obras, ya que forman parte de esta tierra en la que nacieron y viven como judíos argentinos. Esta tierra que pisamos es también polvo enamorado de tantas vidas humilladas y muertas. Lo que León Ferrari denuncia no son “prejuicios” contra los judíos: son juicios eclesiásticos, extensos silogismos teológicos que atraviesan toda su dogmática y dejaron durante siglos y siglos una inabarcable estela de perseguidos y de muertos. Con tantos judíos que lo ocultan es bueno que nos lo haya recordado.

29 de diciembre de 2004
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