Ojos que no quieren escuchar


Vi varias veces y con pavor el relato de cómo el chico secuestrado (Berardi) pidió ayuda a vecinos y remiseros y nadie lo quiso ni siquiera escuchar.

Ese abandono no fue tenido en cuenta en el relato de los noticieros que justificaban sordamente a los vecinos temerosos.

Esos vecinos, cada uno preso en su casa o en su auto, vieron en ese pibe una amenaza y luego, una vez que apareció trágicamente muerto en las pantallas, ratificaron su miedo. 

Volvieron a justificarlo. ¿Cómo, ellos, simples vecinos asustados, iban a poder diferenciarlo de un “chorro”?, es la pregunta sorda que mascullan, el consuelo que se dan, el subtexto invisible de los medios que no los cuestionan... Se ve que no importó ni siquiera el color claro de su piel, ser hijo y nieto de profesionales exitosos, y varios etcéteras que, en el relato minucioso de los medios, lo colocan más allá del identikit de pibe chorro. Pero los vecinos no podían imaginarse todo eso que después reveló su error.  Sin embargo, se pueden quedar tranquilos: nadie los hará sentir parte del grupo secuestrador. Nadie los juzgará. El miedo es ciego, dicen. Y los vecinos, por qué no, actuaron enceguecidos de miedo.

A partir de esta escena, todos y cada uno, no podrá evitar íntimamente redoblar su sensación de inseguridad: nadie está a salvo. 

Mucho menos de cualquier vecino asustado.
Dolores Rima
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